Entré al aeropuerto de Santiago, Chile como que nada. Como que a otra estación de bus, a otro hospedaje, a la libertad de una nueva ciudad. A los diez pasos me di cuenta. Me voltee, miré por medio de las puertas automáticas y vi un cerro nublado a la distancia. Caminé hacia afuera dudando del drama recién descubierto acerca del momento. Respiré el aire húmedo de Santiago una vez mas.
Durante la conmoción de corazón apta para el momento, comenzaron las preguntas. ¿Porqué acabar con esta libertad que tengo atrapada debajo de los pies? ¿Porqué hacer esfumar esa increíble sensación de creer tener el destino de uno, el paso a paso, decisión a decisión, ciudad a ciudad, persona a persona bajo completo control?
“Me puedo quedar... este es el momento para hacerlo. Podría correr bajo la lluvisna y quedarme la noche allá en el cerro, como hice en Huaraz. Podría seguir al sur.”
¿Como puedo darle fin a este viaje? ¿Que se termine el descontrol controlado con que me azota la experiencia de viajar por esta tierra? No gracias!
¿Que se esfume la estructura que me convierte en espectador y el caos que me impone como ordenador? Si mi corazón se revuelca apasionadamente con el genio de de esta locura.
Detener estas erupciones de memoria que al caer generan capas gruesas de cenisa que no me dejan pensar no será posible. ¿Como quiero que cierre este bote de experiencias gigantescas? No va a cerrar! ¿Como aceptar que soy extranjero en Latinoamerica, que siempre seré del mismo lugar?
De repente, aquellas preguntas desaparecieron, y dejaron atrás un tipo de placer de sentirme superheroe. De confianza y paz. Fue como si esas preguntas las había tenido que hacer para hacerle justicia al momento, pero verdaderamente ya todo estaba contestado. Paré de pensarlo y dejé que lo interior que guilló todas esas entradas y salidas a edificios y lugares, dejé que me guillara hacia la puerta del aeropuerto.
Y en ese momento, al cruzar la entrada y dirigir los ojos hacia el escritorio de American Airlines, en ese momento, salí de Sur América. En ese momento me fui.
Me fui de Panamá, me fui de Cartagena, Santa Marta, Medellin, Bogota, Quito, Lima, Cusco, La Paz, Santiago, me fui de los Andes, la playa de Colombia, del pueblo indígena del Ecuador, la modernidad de Santiago, la familia de Guatemala, el amor de British Colombia, las interestatales del norte de los Estados. Mi primer viaje solo, mi primer encuentro con estas patrias, mis primeras seis semanas en lo mas cercano a lo que he concebido como la libertad absoluta, pasaron a ser recuerdos. Recuerdos que por mas clamar por vida propia, no cabrán el uno sobre el otro dentro del bote.
Todo se desapareció y se volvió gente frenética que caminaba apresuradamente, caras vacías y demasiada luz. Y por alguna razón, quizá fue el clima, el piloto o solo mi imaginación, pero el jalón de despegada que dio el avión al despegar de Santiago, no fue igual que el de la Aurora.
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